La presión de la
noche los empujó dentro de la cama, sepultando su resistencia bajo la
corpulencia de las sábanas. Ella ceñida en ropón de oruga. La premura de sus
alas forcejeando confusa, mientras su pelo allanaba la boca enemiga y tan
amada.
Él le susurró un
verso desconocido, pidiéndole la emergente respuesta que ella no supo dar. Ella
se arrepintió aturdida no por el juicio arrogante de él, sino por haber dudado
en un intento por complacerlo.
El aliento
desesperado en su cuello dolía tanto como la bata de algodón con armadura de
encajes.
Un esfuerzo
conjunto para arrancar la inasequible barrera entre el cuerpo y las manos, alejó
sus labios de su rostro y la respiración furiosa de su nuca. Pronto el cabello
húmedo se hizo hielo en el ambiente viciado.
Fuera una red de
brazos abusivos lo sedujo en el resollar de un sueño unísono. Ella consumada se
levantó al compás del presentimiento de la niña
espiándolos en la vigilia. La chiquilla exigió sin pudor ser sacada del empedrado
de sus miedos.
-Recuerda que estamos solas en esto tonta. ¿A dónde crees
que iríamos? Si logramos salir de aquí terminarás encerrada con las otras
huérfanas hasta que tu madre te busque. Yo no puedo regresar a la Tierra y no
quiero ir a esos sitios que estás pensando.
Pronto el lugar se llenó de espectadores ante un programa
vació en la TV, siendo él el más atento.
La ira tóxica de los ojos y labios resentidos de las
diosas carnavalescas, lo enredaban en un desperdicio de sí mismo. Y él, “Él” inexistente. Ella, recordándole
resignada.
Ahogando las pupilas con los párpados tumbó la puerta del
olvido y un tufo de polvo la dejó a solas en el cuarto de tablas destrabadas.
Calló de rodillas ante la mesita en el pesebre, la máquina de escribir
mirándola con el corazón florecido. Lágrimas de mercurio, polvos de azufre, y
sales de cobalto barrieron el lugar sepultándolos lejos. Después de un tiempo,
una suela perdida trituró el hueso de una mano
presionando la primera tecla sobre el principio.
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