COSAS EN COMÚN
Es curioso como las ideas ahora me llegan en su propio idioma. Y así es como debo escribirlas, porque son tan caprichosas que de no hacerse a su modo, sale todo mal. Pensaba mientras el café caía a gotas dentro de la jarra, en cómo se acordaría de mi alguien en la cocina en el mismo espacio donde estaba yo parada, viendo lo que yo veía: las especias sobre la estufa alineadas en un orden que casi nunca sigo, porque tienen sus temporadas y al cerrarse cada ciclo terminan en un rincón de donde no se mueven hasta la limpieza de primavera y terminan en la basura, o en un lugar privilegiado sobre la estufa junto al salero y dos adornos simples que rara vez desocupan su sitio. Reparaba también en la semiótica de los objetos: junto al teléfono una jarrita de barro, dentro de ella marca textos fluorescentes, plumones negros, lápices de colores sin punta, crayones rotos, plumas sin tapa, un abrecartas y un desarmador. Lo que tienen en común, el ojo del cabrón donde me gustaría enterrarlos. Pensaba también en la lógica de Bukowsky. Cómo resultaba desalentadora su sapiencia bullendo resignada al final de su vida, cómo las palabras en su orden caótico cobraban un sentido letal entre más se acercaba al túnel de la inmortalidad. Los hechos como los concebía, de la idea al papel, o al ordenador en este caso. Pensaba en las experiencias repetitivas que van y vienen como el inicio de una película colectiva. Mi prima Connette y su espontaneidad colérica, graciosa y suicida. En su hijo Ariel, a quien según ella poco le interesan los juguetes recomendados por los pedagogos. Cómo estallaba de emoción con piedras, palos y tierra (sus juguetes preferidos) y como se calmaba viendo una y otra vez los mismos dibujos animados. En su hija Juno, quien pasaba horas practicando gestos y poses frente al espejo, sus arranques y ocurrencias. Cómo deseaba volver a cantar, a manejar, y sobre todo a regresar a su vida de antes donde se sentía libre de fiesta en fiesta y de donde su vida actual la alejaba tristemente. En su marido y sus pleitos diarios, en la violencia que quizá le diera el pase libre a este país y la libertad que tanto añoraba. Pensaba también en las cosas que se me ocurren y nunca escribo porque las ideas no corresponden al esquema mental y así se van acumulando entre proyectos y folios de un archivo inexistente, ahí donde están todas las disculpas, cartas, mentadas de madre, venganzas, placeres, fantasías, arrepentimientos, letargos y todo el futuro que ahora se dibuja como un esquema aún más lejano e imposible. Pensaba en que no importa cuanto limpie la casa, lave la ropa, corte uñas, cepille cabezas, bese, ame y sufra; cuando muera y pase el tiempo todo ese esfuerzo del presente no será ni un recuerdo. No valdrá de nada. Lo mismo da para fines prácticos hacerlo o no. Lo mas cruel y aterrador de la vida es que no importa cuanto logremos o nos estanquemos, no llegaremos jamás a ningún sitio. Literalmente. Eso le da mas sentido al lugar común de que hay que vivir la vida y ser felices. Quizá eso es realmente a lo que venimos para bien o para mal.
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